martes, 25 de febrero de 2014

Y la verdad, qué?

Grisel estuvo enamorada de tres tipos ideales.
 Según ella, todos completamente diferentes entre sí, pero yo creo que algo en común guardaban.
Cada uno de ellos hizo siempre lo posible por terminar dejándola  hambrienta de amor.
Las miradas le pican cuando no sabe qué decir, aunque no tanto como los silencios. A esos los disfruta, o disfruta el picor sin rascarse, como buscando el placer en la desesperación. Pero las miradas... son algo que la descolocan. Cree tener el poder de descifrar a las personas a partir de verlas a los ojos, como si pudiera ver más allá de sus reflejos. De todas maneras aquella es una habilidad -para ella- pasiva, hasta que descubre que se ha enamorado. Podríamos decir que es entonces cuando surge el problema.
A veces las miradas engañan, o se fundan en sentimientos inconcientes de los cuales la persona que construye tal proyección, no tiene los parámetros para entender hasta dónde ha logrado llegar, ni la noción del (tal vez)poder de Grisel, que con tropezones de por medio, intenta incansablemente traer al más aca aquellos reflejos que se esconden tras los ojos en cuestión.
Así, con su (tal vez)poder a cuesta, vuelve a confiar en el apego con cada nuevo atardecer, y esta es una contradicción al  problema porque, sí, tiene una explicación lógica: Grisel no aguanta un día de su vida sin visitar el lago que acompaña a su tan querido pueblito. Lo mira, como cada tarde, y de nuevo el mundo, y otra vez el reflejo de un sin fín de verdades que aún aguardan ser descubiertas, la rueda cíclica del amor.